
Afuera caía una lluvia torrencial. No quiso mirar el reloj que tenía a un costado; en vez de eso, se acercó al buró y tomó la libreta roja donde Vladimir escribía. En medio de tanto silencio, se dejó llevar por la curiosidad y se atrevió a indagar en su contenido. Nunca había osado hurgar entre sus objetos, mucho menos tratándose de ese cuaderno de forma francesa en la que él se refugiaba cuando necesitaba volcar sus sentimientos sobre el papel.
Enseguida lo abrió, apartó el separador de piel, decorado a mano con figuras aladas y repasó detenidamente los versos marcados en tinta azul, recorriendo las palabras de una caligrafía impecable que le había dedicado en sus momentos de mayor inspiración. Comenzó a leer al azar: "entre las sábanas de nuestra cama, salen sobrando los buenos modales. Por encima de los tabúes, el lenguaje soez garantiza que fluya el erotismo en ambos".
Entrecerrando los ojos, recordó la última vez que habían hecho el amor, diciéndose frases sucias al oído mientras sus cuerpos se acoplaban rítmicamente. Extrañaba su calor, su mirada profunda y sus caricias intempestivas. Más abajo leyó: "aún en el pesar de las ausencias, nos acompaña el poder de la lealtad y nos nutrimos del amor floreciente para disfrutar de sus resonancias".
De pronto se reconoció entre los renglones de una página que no tenía fecha, pero que suponía reciente por su significado. "
No cabía duda, sus pensamientos latían en esa misma frecuencia. Recostada durante las últimas horas de ese fin de semana, nuevos bríos confirmaron la intensidad de ese vínculo que la unía especialmente al hombre cuyo destino inmediato parecía cifrado en otra parte. Lilí sonrío para sus adentros y abrazó la libreta, acercándola a la desnudez de su corazón.